VIVIRSINBEBER | Atrévete a ser libre. Una vida sin alcohol es posible.

En primavera leí un artículo sobre la relación entre la fé y la superación de los comportamientos adictivos haciendo la siguiente pregunta en su titular: ¿Para dejar de beber hay que creer en Dios?

Desde esa fecha me he respondido a mi mismo multitud de veces y todas han coincidido en aseverar que para dejar de beber NO HACE FALTA CREER EN DIOS .

Dicho esto, añadir que SI HACE FALTA CREER, pero creer en uno mismo y en el potencial del ser humano.

Creer que dios ya hizo su trabajo y que desde el séptimo día descansa.

Creer que desde ese remoto día, mía es la responsabilidad y mía es la lucha por sacarme adelante a mí mismo en todas las situaciones que la vida me tiene preparada según sean las decisiones tomadas.

Creer que la vida no tiene nada contra mí y que no me quiere destruir con las “cosas malas” que me suceden. Si no todo lo contrario, me quiere construir y curtir para soportar y avanzar en el largo camino de la evolución del ser humano hacia la espiritualidad.

Soy apostata (Persona que reniega de la fe cristiana o de las creencias en que ha sido educado) desde hace muchos años y llevo superando/gestionando mis comportamientos adictivos con éxito otros tantos.

Estoy seguro que una vida sin alcohol es posible. 9 años en absoluta sobriedad, más de 15 sin tabaco, algunos más sin “porros” ni “pastillas” lo corroboran.

RESPETO – RESPONSABILIDAD – RESILIENCIA y mi “as en la manga” el AYUNO lo consiguen.

Sé que tengo una mente adictiva y nunca canto victoria. Sé que ese momento llegará el día de mi muerte.

Es por ello que no la temo y no dejo ni un solo día de ESTAR AGRADECIDO a la vida por vivir todas y cada una de mis experiencias, agradecido a las personas que me aman y me rodean, agradecido a la naturaleza que me envuelve y contagia, … porque sé que dios habita en todos ellos:

¡DOY GRACIAS!

Esta es mi experiencia, mis pensamientos y mi opinión. ¿Cuál es la tuya?

Aquí tienes el artículo completo, …

 

EL PAÍS, del Domingo 10 de Abril de 2015 en su sección de SALUD


Lo hemos visto infinidad de veces en los telefilmes de sobremesa. “Hola, me llamo [ponga aquí cualquier nombre de pila, sin apellido] y soy alcohólico”, admite una persona de pie frente a otra docena sentada en círculo. “Y llevo diez días sobrio”, añade. Es el ritual de Alcohólicos Anónimos (AA), uno de los recursos más conocidos para aparcar la bebida. Pero, aunque para muchos expertos se trata de un complemento válido en el tratamiento de esta enfermedad, no es el único. De hecho, nuevos abordajes farmacológicos permiten curar la dependencia sin dejar de beber.

En 1955, hace ahora 60 años, se formó en España el primer grupo de Alcohólicos Anónimos (más tarde, en 1979, se constituyó legalmente como asociación). Pero en AA, famosos por su discreción, no hacen celebraciones: prefieren trabajar en la sombra día a día. Promueven la abstinencia drástica desde la primera jornada; y seguir así, sumando días “limpios”, hasta dejar para siempre el alcohol. “Más que en la fuerza de voluntad se basa en el apoyo que podemos recibir de los compañeros”, asegura Amador (prefiere no dar su apellido), miembro de la Junta del Servicio General de Alcohólicos Anónimos en España, con sede en Avilés (Asturias). “Lo que pretendemos es que una persona que viene por primera vez a un grupo asimile que tiene un problema”, prosigue.

Más que en la fuerza de voluntad, se basa en el apoyo que podemos recibir de los compañeros”, asegura Amador sobre Alcohólicos Anónimos

Esta asimilación se consigue mediante un programa de doce pasos, varios de los cuales parecen un acto de fe e incluso mencionan a Dios, pidiéndole ayuda en cinco de los estadios. ¿Cómo puede ser? ¿Para dejar de beber con AA hay que ser creyente? “No”, aclara Amador. “Estamos en 183 países y nuestro programa se ha traducido a 140 idiomas. Llegamos a gente de diferentes culturas y religiones. ‘Dios’ es lo que cada uno quiera entender”, precisa. “Mi propia idea de la religión es difusa. Un sacerdote me dijo: ‘Dios está en la actitud que tenemos con la persona de al lado’. Esa es la fuerza de Alcohólicos Anónimos”, sostiene el portavoz. Según un informe de esta asociación, el 59% de sus miembros no ha sufrido ninguna recaída, mientras que el 19% admite haberse enfrentado a una.

Por supuesto, AA no está reñido con la medicina. “Al principio yo pensaba que los psiquiatras estaban para los locos; no sé si yo estaba loco, pero necesité la ayuda de un profesional”, explica Amador. “Cuando uno llega aquí generalmente no tiene la cabeza suficientemente amueblada, y le empujamos a ir al médico. Y muchos médicos, una vez tratados, nos los mandan porque saben que el programa funciona para la parte mental y espiritual”.

Uno de esos médicos es el doctor Julio Bobes, catedrático, miembro del CIBER de Salud Mental (CIBERSAM) y de la Sociedad Española de Psiquiatría. “El apoyo grupal es imprescindible para el tratamiento. Por desgracia, como pasa con muchas cosas, no es una ayuda universal. No todo el mundo encaja, ni puede asistir regularmente por su trabajo. Lo utilizamos cuando se puede”, dice el doctor Bobes. En cualquier caso, recomienda, como primer paso, acudir a la consulta del médico de familia. “Estos conocen bien esta adicción, es muy prevalente, y saben hacer el screening para determinar si la persona tiene un problema o no”, apunta el psiquiatra. “En muchos casos ponen ellos el tratamiento farmacológico; cuando la dependencia va más allá o implica otros problemas, deben derivarlo al sistema de salud mental”.

En nuestro país, 1.600.000 personas presentan un consumo “de riesgo”, según la última Encuesta sobre alcohol y drogas en España la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que 3,3 millones de personas mueren cada año a consecuencia de un consumo dañino de alcohol; eso representa un 5,9% del total de fallecimientos. Para tratarse de un problema tan extendido, resulta llamativo que muchos afectados no sepan dónde acudir. Es más, un amplio porcentaje no percibe su elevado consumo de alcohol como un problema, con lo que se pone en manos de especialistas tarde y, en algunos casos, cuando el daño es irreparable.

 

Nuevos tratamientos farmacológicos

El tratamiento del alcoholismo está en constante evolución. Hasta ahora, los psiquiatras “atacaban” dos flancos: el posible problema subyacente (ansiedad, depresión) y la dependencia en sí. “Las primeras intervenciones van dirigidas a tomar conciencia del daño que se produce como consecuencia del consumo de alcohol. Preparar al paciente al cambio”, expone el doctor Bobes. Para evitar el consumo, se intenta provocar en el paciente aversión por la bebida de una forma radical. “Es un tratamiento dirigido a que el individuo asocie que si consume alcohol mientras está tomando las medicinas se va a encontrar muy mal. Reproducimos un estado de intoxicación alcohólica, que llamamos ‘acetaldehídica’. Los síntomas son taquicardias, sudoración, dificultad respiratoria, enrojecimiento facial… El paciente tiene la sensación de que le va a pasar algo muy gordo, y dura horas”.

La OMS estima que 3,3 millones de personas mueren cada año a consecuencia de un consumo dañino de alcohol.

Afortunadamente, en los últimos meses se ha empezado a aplicar un tratamiento mucho más suave: el nalmefeno. A simple vista, es como esas dietas milagrosas para adelgazar en las que uno puede comer de todo. Con el nalmefeno, el paciente puede seguir bebiendo alcohol; de forma moderada. “Disminuye la apetencia”, revela el doctor, “por tanto no va dirigido a que el individuo no beba absolutamente nada sino a aminorar el consumo. Permite llegar a más gente y hacerlo antes de alcanzar estadios más avanzados del alcoholismo”.

La Seguridad Social cubre todos los medicamentos contra esta adicción excepto, precisamente, el nalmefeno, cuya prescripción en algunas regiones se da solo a propuesta del psiquiatra y con el visado de la inspección médica. “Esto debería solventarse, porque donde este medicamento puede aportar más ayuda es en la asistencia primaria, donde están los pacientes más leves; los más graves ya nos los han enviado a los psiquiatras. Las consejerías deberían dar un paso al frente para la incorporación de la innovación terapéutica para las adicciones”, reclama el doctor Bobes.

El nalmefeno es parecido a su antecesor, la naltrexona, un medicamento en el que se basa el conocido como Método Sinclair, desarrollado por el doctor John David Sinclair de la Clínica Contral, en Finlandia (y que se aplica en una clínica de Fuengirola, Málaga, con su consentimiento). La naltrexona se toma una hora antes de beber, y tras una primera copa, la segunda, simplemente, no apetece. Su eficacia a la hora de mejorar la calidad de vida de los enfermos de alcoholismo, en cuanto a salud física y mental y sociabilidad, ha sido demostrada por estudios como el de la Universidad de Pensilvania (EE. UU.). Y funciona igualmente bien en mujeres y hombres, como destacaron expertos de distintas universidades en un estudio promovido por el Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y el Alcoholismo (EE. UU.).

 

Curar la adicción sin dejar de beber

El doctor Toni Aho, finés, es el médico al frente de la terapia basada en el método de Contral en la Clínica Medivital, en Fuengirola. “Se basa en la idea de que uno puede seguir bebiendo durante la terapia, lo cual tiene sus ventajas significativas, como el hecho de que esta se celebre de forma discreta y el riesgo de síndrome de abstinencia sea menor. El problema es que si un sujeto ha tomado grandes cantidades de alcohol a diario incluso durante varios meses del año, la parada repentina del consumo de alcohol provoca una reacción que puede ser incluso mortal”, explica.

El tratamiento farmacológico va dirigido a que el individuo asocie que si bebe alcohol mientras está tomando las medicinas, se va a encontrar muy mal” (Julio Bobes, psiquiatra)

Naltrexona y nalmefeno son las pastillas que se prescriben en ese tratamiento. “Funcionan anulando el efecto del alcohol en el cerebro”, explica el doctor Aho. “Se puede beber alcohol si apetece, pero por mucho que se beba la píldora evita el efecto ‘positivo’ o el ‘sentirse bien’ que este produce en el cerebro; y debido a ello, el paciente tiende a beber cada vez menos. El sujeto aprende lentamente a vivir sin la necesidad de tomar alcohol como hacía antes para, por ejemplo, sentirse relajado o aliviar la ansiedad cotidiana”. La duración de la terapia depende de cada paciente, pero puede ser de seis a 12 meses, incluso más si es necesario.

Otro medicamento relativamente nuevo contra el alcoholismo es el bacofleno. En el pasado se recetaba como relajante muscular hasta que un cardiólogo francés, Olivier Ameisen, lo probó en sí mismo y vio que disminuía su ávido deseo de alcohol. En 2007, investigadores de la Universidad Católica de Roma (Italia) hicieron un ensayo clínico y encontraron que el 71% de las personas tratadas con bacofleno habían logrado y mantenido la abstinencia, frente al 29% de las que habían recibido placebo. En 2008, el doctor Ameisen relató su experiencia en el libro The end of my addiction, que se convirtió en un best seller.

 

Alteraciones en el cerebro

¿Cómo funciona la adicción al alcohol y por qué muchos enfermos son reticentes a los tratamientos? Simplemente, porque el alcohol, al principio, nos hace sentir bien. “El alcohol consigue dos cosas: actúa sobre circuitos neuronales de recompensa, algunos tan básicos como relacionados con la necesidad de alimentarnos, que reconocen aquello que nos da placer, y por otra parte, tiene un efecto ansiolítico. Va relacionado: si encuentro recompensa en algo, me reduce la ansiedad, y viceversa”, dice el doctor José Manuel Moltó, vocal de Sociedad Española de Neurología (SEN).

El alcohol libera sustancias como la dopamina, relacionada con los circuitos del placer, y, sobre todo, ácido GABA (gamma aminobutírico), responsable de que se inhiba en gran medida el funcionamiento cerebral. “Se traduce en una menor atención, control motor y aprendizaje”, señala el neurólogo. Es decir, nos ponemos contentos y no nos enteramos de que nos estamos haciendo daño. Por supuesto, estos efectos se multiplican con el consumo excesivo. Con la adicción, “se producen una serie de cambios en los circuitos, de modo que cuando baja el nivel de alcohol, inmediatamente nuestro cerebro necesita buscar esa sustancia porque hay ya algunos daños en dichos circuitos, y cuando falta tenemos un exceso de excitación y buscamos algo que nos baje esos niveles”.

El alcoholismo es una enfermedad crónica y, a veces, los daños son irreversibles. Eso explica las habituales recaídas. “Salvo que se haga un consumo continuado de los fármacos, en ciertos casos uno recae con facilidad y con necesidad de dosis cada vez mayores. Pasa con todas las adicciones, como el juego. Hay una alteración del control de impulsos”, aclara el doctor Moltó. Por tanto, conviene reaccionar antes de que sea demasiado tarde: actualmente, medicamentos y asociaciones lo ponen bastante más fácil. Y no hace falta saberse el Padrenuestro.

 


Enlaces relacionados: El País

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