Raquel

Ayer hizo diez años que empezaron mis problemas con el alcohol. Hace diez años mi pareja me dijo que se había enamorado de otra persona y para conservarlo renuncié a la que era y me quise convertir en una persona a la que él pudiera amar. Quise ser más divertida, más extrovertida, más ligera. Y me construí una nueva personalidad a base de alcohol que me hacía más desinhibida y me permitía socializar con personas a las que conocía poco o que ni siquiera me caían bien.

Conseguí mi propósito pero vendí mi alma al diablo-alcohol que después quiso cobrar su deuda a un alto precio. Cinco años después me vi metida hasta el cuello en una vida que no me gustaba y conviviendo veinticuatro horas al día con una extraña que era la persona en la que me había convertido. Cuanto más infeliz era, más bebía para olvidar donde estaba y más profundo se iba haciendo el pozo. Salir de allí es lo más difícil que he hecho nunca.

Para volver a encontrarme tuve que desnudarme de todos los falsos ropajes que me había dado el alcohol y necesité mucho valor para verme tal y como era, para aceptarme, para darme cuenta de que el alcohol sólo me había dado falso valor y de que no me hacía divertida sino simplemente patética.

He necesitado un largo camino de humildad y autoaceptación para llegar hasta aquí, sé que el camino no ha terminado, que no termina nunca, pero hoy me puedo aceptar, con mis cosas buenas y mis muchos defectos, y me puedo mirar en el espejo y reconocerme. Perdonad la «chapa» pero quería haceros partícipes de esta reflexión y daros las gracias a todos los que estáis aquí por ayudarme a encontrar el camino.


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