Formas de protegernos y huir del miedo

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Cómo aprendimos a crear una coraza para no sentir nuestra vulnerabilidad

Las compensaciones son una forma de control. Encubren nuestro miedo. Son formas en que escondemos nuestro miedo y nuestra vergüenza de nosotros mismos y de los demás. Se trata de los papeles y comportamientos inconscientes y habituales que protegen a nuestro niño interior de la amenaza o de sentir el dolor..

Para nuestra supervivencia y cordura fue imprescindible poder encontrar maneras de resistir los ataques y traumas que sufrimos de niños. Nuestras compensaciones son básicamente formas para manejar todas las energías agresivas e insensibles que nos invaden. Aprendimos a complacer, a aislarnos, a luchar o a intentar controlar esa energía ofensiva de cualquier forma posible, aprendimos estos comportamientos de lo que vimos hacer a los demás.

Aunque estas formas de manejar la energía ofensiva nos protegieron, también nos hicieron perder contacto con nosotros mismos, porque nos alejaron de nuestra naturaleza y esencia. Siempre que estamos compensando (es decir adoptando un rol o una estrategia para no sentir nuestra vulnerabilidad) nuestra energía esencial se encuentra en peligro, no somos auténticos, estamos adoptando un papel para mantenernos a salvo, pero generalmente no lo sabemos. No sabremos lo que es real o lo que es compensación hasta que volvamos a experimentar lo real, hasta que regresemos a casa con nosotros mismos.

Yo aprendí muy pronto a complacer y a comportarme como los demás esperaban que me comportara, y no fue sino hasta mucho más tarde que me di cuenta que quien actuaba, y la forma en que lo hacía, no era yo. Entonces no tenía nada para comparar, no tenía ni idea de quién era mi yo verdadero. Mis condicionamientos me enseñaron que mi valía se basaba en lo que podía lograr, en lo que hacía, no en quien era, así que puse toda mi energía en los logros, en complacer, y la parte más profunda de mi estuvo siempre escondida y anulada.

Cuando nos pasa algo fuera de lo común, cuando la vida de alguna forma hace pedazos nuestro control, entonces podemos penetrar en nuestra compensación. Y en esos momentos, tal vez cuando perdemos a un ser querido o cuando sufrimos un rechazo importante en el amor o el trabajo, puede que despertemos. No estoy muy seguro de qué fue lo que finalmente me ayudó a empezar a descubrir mi yo auténtico, pero en cierto momento empecé a darme cuenta de la diferencia entre lo que sentía real y lo que sentía falso.

Entonces mi vida empezó lentamente a sufrir un profundo cambio. Cuanto más dispuestos estamos a permitir este proceso, menos dramáticos serán los métodos que la vida tenga que usar para ayudarnos a volver a nuestro auténtico ser.

Las raíces de la compensación

Uno de los factores más importantes que me ayudó a penetrar en mis compensaciones fue comprender de dónde provenían. Nosotros compensamos de innumerables formas, con innumerables roles y comportamientos, pero en la raíz de todas nuestras compensaciones se encuentran sencillamente todas las formas en que nuestro niño aprendió a controlar su entorno de la mejor manera que pudo. He observado que las formas en que compensamos, las formas en que nuestro niño aprendió a protegerse, son de cuatro estilos básicos: complacer/armonizar, controlar/cuidar, luchar/rebelarse o aislarse/encerrarse en sí mismo.

Lo primero que aprendí de estos patrones provino del trabajo de Karen Horny, quien observó que para compensar miedos profundos, la gente desarrolla una personalidad defensiva dependiendo de si «se mueven hacia otra persona», «se mueven contra otra persona», o si «se alejan de otra persona». Observemos estos estilos más detenidamente. Cuando acabe de describir cada estilo, tómate un momento para considerar cómo has usado esa forma de protección (esa coraza) para mantener a salvo a tu niño vulnerable.

1) Complacer / Armonizar

En este estilo, nuestro niño intenta suavizar y atenuar la amenazante energía exterior. Muchos fuimos criados en un entorno muy masculino y racional, y la presión y la ira reprimidas, inherentes a este tipo de ambiente, nos hicieron entrar en shock.

Tratamos de manejar la ansiedad intentando suavizar esa energía abusiva. Complacemos para evitar tener que enfrentarnos a alguien o recibir su ira. Nuestros esfuerzos por armonizar también expresan cualidades hermosas y naturales que generan amor y armonía, pero es muy alto el precio que pagamos por renunciar una y otra vez a nuestro poder.

Ser complaciente es vergonzoso. Por ello pagamos un alto precio en nuestra dignidad y auto-respeto. Hasta que comencé a trabajar mi vergüenza y humillación nunca me di cuenta de lo muy colapsado que estaba y lo mucho que había perdido mi poder. Mi supervivencia consistía en gran parte en convertirme en alguien complaciente, pero eso me hizo sentirme castrado y avergonzado por dentro. Me había identificado tanto con el papel, que no me daba cuenta de que en realidad ése no era yo. Encima, reforzaba mi autoestima pensando que era una persona muy buena. Podemos engañarnos a nosotros mismos pensando que nuestra dulzura es espiritual, no violenta y amorosa, sin reconocer la degradación que habitualmente acompaña a este comportamiento y las montañas de resentimiento que se esconden tras él.

2) Controlar / Cuidar

En este rol, nuestro niño asustado trata de manejar la energía ofensiva intentando controlarla y dominarla. En este caso, en lugar de sentirse intimidado por la energía peligrosa, nuestro niño interior se mueve hacia afuera para vencerla. Controlamos en muchas formas. Una forma muy común es hacer de padres, consiguiendo que alguien nos necesite y se haga dependiente de nosotros. Otra es tiranizando y usando nuestro poder para abrumar a los demás a través de la violencia o la amenaza de violencia, a través de las palabras, el dinero, el sexo, el intelecto; cualquier cosa que funcione.

Puedo reconocer a mi tirano en mi excesiva honradez, rigidez, crítica, disciplina y ambición; y también cuando me pongo a mí mismo y a los demás el mismo nivel de exigencia que otras personas me habían puesto a mí.

Hacemos nuestro papel, y en cuanto nos es posible le devolvemos a los demás. controlando y tiranizando, el resentimiento que hemos almacenado por tener que complacer. Recuerdo cuando trabajaba como interno en medicina que me sentí escandalizado de mi mismo y de mis compañeros médicos recién egresados, por lo rápido que aprendimos a abusar de nuestros subordinados, los estudiantes de medicina, las enfermeras, el personal y especialmente de los pacientes. Cuando éramos estudiantes de medicina, a menudo los internos y los residentes nos humillaban y ahora era nuestra gran oportunidad de desquitarnos. Las heridas por toda la humillación de nuestro pasado quedan registradas y de alguna manera están esperando la oportunidad de vengarse. Y repetimos la misma dinámica en nuestras relaciones íntimas. Debido a heridas reprimidas, insultos e injurias, el controlador interior hace aflorar nuestras cualidades de liderazgo y bondad de una forma distorsionada.

Otra forma habitual en que aprendimos a controlar fue haciéndonos mentales. La energía se traslada fuera de nuestro cuerpo, a la cabeza, y nos sentimos a salvo, seguros y en posesión del control. Guardamos las experiencias en cajas para que la vida no nos parezca tan abrumadora. Creemos que sabemos lo que hacemos, pero la verdad es que con eso nos estamos bloqueando a cualquier conocimiento auténtico. Nunca antes me di cuenta de lo atroz que este tipo de protección puede ser. El cinismo y el sarcasmo que a menudo acompañan a la defensa intelectual pueden ser mortales.

Levantamos una muralla alejando y rechazando lo que nos es incomprensible o atemorizante, a menudo nos volvemos violentos en nuestra excesiva rectitud. En la tensión que construye nuestra mente para hacer que las cosas funcionen bien, estamos encubriendo grandes cantidades de miedo e ira reprimida. Yo lo sé muy bien. Esa es una de las principales formas en que yo aprendí a protegerme. Fui testigo de cómo la utilizaban mis padres y de hecho creo que este es el tipo de defensa más característica del condicionamiento de los judíos. Cuando lo hago, a menudo no me doy cuenta.

En el ashram de la India donde aún vivo parte del año existe un programa para los recién llegados. Habitualmente la gente empieza por terapias de grupo y luego trabajan algo en la comunidad. Los grupos específicos y los proyectos de trabajo recomendados están diseñados para proporcionarle a la gente lo que más necesita para su crecimiento emocional y espiritual.

La primera vez que llegué allí hace quince años, estaba lleno de todo tipo de ideas espirituales y psicológicas sobre cómo dirigir mi crecimiento, pero los grupos y proyectos de trabajo que me sugirieron estaban todos enfocados hacia sacarme de la cabeza. Entonces yo no era consciente de lo mental que era, pero para los demás sí que era obvio. Pasé cuatro años haciendo trabajos manuales -carpintería, limpieza, construcción algo completamente diferente de cualquier otra cosa que hubiera hecho en el pasado, como terapias o medicina. Algunas veces me resistía y me quejaba, pero de alguna manera sabía que eso era perfecto. Ahora me siento increíblemente agradecido por la experiencia, aunque yo sólo no lo hubiera hecho.

3) Luchar / Rebelarse

El luchador / rebelde interior expresa la ira de nuestro niño herido moviéndose hacia afuera para desafiar cualquier amenaza de invasión o abuso. El dice «¡NO!». Nuestro rebelde nos da el valor de romper las ataduras de nuestro condicionamiento, para detectar la pretensión, la negación y los engaños que nos rodean y para romper, para destruir todo lo mundano, cortés y convencional.

Pero al luchar y revelarnos nuestra ira es inconsciente. Nos perdemos en la reacción, en atacar y defender, sospechando constantemente y siempre en guardia, siempre recelosos de que nos abusen o malinterpreten. Nos volvemos impetuosos y nos apresuramos a sacar conclusiones, a menudo sin tomarnos el tiempo para ver o sentir por donde viene la otra persona. La ira y la reacción se convierten en nuestra manera de no sentir el dolor, el miedo, la impotencia, o el dolor y la pena de nuestra alma. El luchador puede ser un adicto a la adversidad. El rebelde se identifica con su negatividad con unaespecie de arrogancia de superioridad moral. Todo se convierte en una lucha y él vive en eterna desconfianza, siempre anticipando, o incluso provocando los conflictos.

La parte positiva y sana de este estilo de compensación es que así podemos estar más conectados con la ira interior y expresarla. Hemos salido del colapso, pero hasta que limpiemos la reacción y la paranoia del luchador, ésta seguirá siendo una parte inconsciente de nuestra protección que nos aporta mucho aislamiento y dolor.

4) Aislarse / Encerrarse en sí mismo

Una de las formas más fáciles de proteger a nuestro niño asustado es simplemente alejándonos y retirándonos a nuestro mundo propio, retirando toda nuestra energía del objeto amenazador. Reconozco este lugar como un refugio interior profundamente escondido que, desde que tengo memoria, ha formado más o menos parte de mi. De hecho, este ha sido y es mi lugar de supervivencia más profundo. Yo lo llamo mi cueva.

Hace mucho tiempo que me encerré y me marché allí aprendiendo a nutrirme solo a mí mismo. Soy consciente de que, de hecho, cada vez que me abro salgo de mi cueva, donde estoy solo, ocupándome cómodamente de mis asuntos.

Al principio, cuando empecé a darme cuenta de esto, observé que con la más mínima decepción me volvía a encerrar en mi cueva. Mis parejas se frustraban y enfurecían a causa de mis retiradas continuas siempre que algo fuerte o desagradable sucedía, pero cuando había sido amenazado ya era virtualmente inalcanzable. Muchos de vosotros probablemente sentiréis que para relacionaros íntimamente os hace falta venir de un lugar que está absolutamente apartado y que es aterrador abrirse. En la soledad encontramos algo de poder y realización, pero no nos nutre.

Nuestro ser, que se bate en retirada, arrastra un fuerte sentimiento de resignación y desesperación que puede ser casi impenetrable. Nuestra retirada está muy íntimamente conectada con el tremendo dolor que llevamos dentro. Pero para sentir el dolor, tenemosque abandonar la seguridad de nuestra soledad o la resignación y la desesperación.

Mientras nuestra compensación de retirada se mantenga inconsciente, continuará aislándonos de nuestros sentimientos. Nosotros nos alejamos, nos confundimos, nos encerramos en fantasías, volvemos a convertirnos en niños irresponsables y continuamos estando desconectados de nosotros mismos.

A la retirada le llamamos la protección del poeta, porque protege a nuestro poeta interior, el que es altamente sensible, solitario e introspectivo. El aspecto positivo de esta protección es que la inmensa cantidad de energía que, de otra forma gastaríamos en intentar armonizar, luchar o controlar, puede ser utilizada en cambio para la creatividad y la introspección. Pero los que se tiran frecuentemente están, sin saberlo, extremadamente empobrecidos emocionalmente y esconden la ira inconsciente por los insultos pasados hechos a su dignidad.

Compensaciones

Cómo aprendió a protegerse el niño interior

  1. COMPLACIENDO. Intentando suavizar la energía.
  2. CONTROLANDO. Intentando controlar la energía
  3. LUCHANDO. Intentando vencer a la energía.
  4. RETIRÁNDOSE. Retirándose de la energía.

Identificar nuestra película negativa

Nuestras compensaciones no sólo son patrones habituales inconscientes de protección sino que también forman un sistema de creencias basado en la privación de amor y apoyo que sufrimos en la niñez. Este sistema de creencias es como una película que nos pasa por la cabeza y que determina la forma en que vemos y sentimos el mundo que nos rodea.

Por ejemplo, cuando estamos complaciendo, creemos que no es seguro ser directos y enérgicos. Si estamos controlando, creemos que a menos que lo hagamos algo aterrador sucederá. Cuando estamos luchando, creemos que o luchamos o nos controlarán.

Cuando nos retiramos, creemos que el mundo es un lugar demasiado insensible como para quedarse en él. Cuando estamos pasando esta película, no vemos la vida que nos rodea como realmente es, la vemos desde la perspectiva de un niño herido. Los patrones y las ideas que nos hemos formado sobre la vida se desarrollaron a partir de esas impresiones originales. En nuestra inconsciencia, y a través de la mente de nuestro niño, aún vemos el mundo como era en el pasado para él, estas ideas nos anclan de una manera engañosa y negativa aunque muy familiar.

Una experiencia en el presente puede producir en nuestro interior una reacción en cadena que hace comenzar la película y parece validar las ideas negativas de la misma. Por ejemplo, alguien nos dice algo que interpretamos como un menosprecio.

Inmediatamente nos ponemos en guardia y desconfiamos. Lo que nos han dicho, sea verdad o no, ha puesto en marcha la película, porque ha abierto un lugar en nuestro interior que nos recuerda cuando se traicionó nuestra inocencia y confianza. Ahora percibimos a esa persona como enemigo. La película dice: «Más vale que vigile, si me abro me harán daño» o, «Tengo que cuidarme a mí mismo, porque no hay nadie más que lo haga y el mundo no es un lugar agradable» o, «Si no cojo lo que necesito, nunca lo conseguiré» o, «La gente generalmente está interesada en reprimir mi creatividad y mi energía vital, así que tengo que ir a por lo que deseo», etc. Una vez puesta en marcha la  película es difícil detenerla y a veces puede tener una duración mucho mayor de 2 horas.

Naturalmente, en nuestras relaciones íntimas se provocan estas ideas y nuestros mecanismos de protección se ponen constantemente en marcha. Es como tener un teclado de una computadora emocional privada, en el que cada tecla desencadena una idea negativa diferente. Nuestra pareja (y amigos íntimos) utilizan todo el tiempo este teclado. Ellos pulsan una y nosotros desaparecemos, encerramos, nos protegemos, nos retiramos, atacamos o nos ponemos a la defensiva. Hace falta ser muy conscientes para darnos cuenta de que lo que vemos no es la realidad, especialmente cuando se trata de alguien muy cercano a nosotros. Tampoco es fácil darse cuenta de que nuestras convicciones de hecho provocan que alguien haga precisamente lo que creemos que hará. Nuestro comportamiento protector casi siempre se ha quedado obsoleto y usamos esa protección aunque a menudo ya no sea necesaria.

El dolor de la compensación nos saca fuera

Habitualmente lo que nos saca fuera de nuestros mecanismos automáticos de compensación es el hecho de que hacen daño. Estos papeles nos aíslan y cortan el contacto con nuestro corazón, con el corazón de los demás y con nuestro ser más profundo. La complacencia es humillante, controlar o vivir la vida en constante lucha nos aísla y daña nuestro corazón y la retirada nos provoca con el tiempo una profunda desesperación, depresión o cinismo. Cuando vivimos en nuestras compensaciones estamos orientados hacia el exterior y estamos desconectados de nosotros mismos, sin poder descubrir nuestra auténtica belleza. Lamentablemente, es muy poco probable que eliminemos solos esos patrones, sin que la vida nos tenga que dar tremendo golpe con su bastón Zen, como por ejemplo a través del abandono de la pareja, de un accidente o de una enfermedad.

En el pasado adoptamos todos estos estilos de protección para darnos espacio y amor a nosotros mismos en una atmósfera en la que nos sentíamos asustados, ignorados y no amados. Los desarrollamos para no tener que sentir el dolor insoportable de nuestra niñez. Cuando empezamos a conectar con el miedo y el dolor, las compensaciones desaparecen lentamente y de forma natural.

Traer conciencia a nuestras compensaciones. Detrás de cada compensación hay un profundo miedo de nuestro niño herido. Podemos empezar a llevarlas a la conciencia simplemente al decidirnos a investigar el miedo y sacarlas a la luz sin juicio o censura. Podemos llegar a conocerlas observándolas en acción y familiarizándonos con la forma en que las sentimos dentro. Cuando estamos complaciendo, hay ciertas sensaciones en el cuerpo que podemos aprender a reconocer.

Lo mismo sucede cuando nos retiramos, controlamos o luchamos. Según mi experiencia, la mejor forma de identificar nuestros papeles es haciéndonos sensibles a las sensaciones del cuerpo cuando los adoptamos.

También podemos observar cómo funcionan nuestras compensaciones en todas nuestras relaciones importantes. Si no lo sabemos ver, sólo tenemos que preguntarle a nuestra pareja o a los amigos íntimos. Ellos lo sabrán. Son las formas en que mantenemos las distancias, en que nos protegemos, en que mutuamente utilizamos juegos de poder.

Para descubrirlas hace falta desenmascararlas, y para eliminarlas hace falta mucho valor. Pero podemos empezar por reconocerlas y compartirlas cuando surgen.

Para trabajar desenmascarando nuestra protección y compensaciones hace falta mucha compasión y compromiso. Esto no se hace más fácil con el tiempo, sino al contrario más difícil, porque nuestras defensas y protecciones se hacen más y más sutiles. Es más fácil perdernos en nuestro comportamiento habitual que escarbar en el dolor para curar a nuestro niño interior herido. El motivo por el que la mayoría de las relaciones íntimas se vienen abajo es la no disposición a penetrar en nuestras compensaciones y sentir el miedo y el dolor que llevamos dentro. A veces uno solo, o a veces ninguno de los dos está dispuesto a «observar sus asuntos». Si hacemos el compromiso amable de observar nuestros puntos débiles, podemos pedirle a los más íntimos que nos los muestren; así les permitimos entrar.

Portada del libro

Capítulo extraído del libro DE LA CODEPENDENCIA A LA LIBERTAD – Cara a cara con el miedo

Autor: KRISHNANANDA


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